Historias de Leny – Cap. 2 – El encuentro

No hacía más de media hora que recorría la sinuosa carretera, apurando tan al máximo en las curvas que incluso alguna chispa llegaba a saltar cuando rozaba el estribo con el asfalto. El paisaje a ambos lados de la serpenteante calzada me hacía sentir más vivo remontándome a nuestros ancestrales orígenes, un bosque típico de frondosas perennifolias, repleto de encinas, algunos pinos mediterráneos y muchos brotes dispersos de jaras. Algunas zonas eran privadas y estaban delimitadas como cotos de caza. Jamás había visto cazar a nadie por los alrededores, quizás lugareños –pensé- de cualquier modo no era ni mucho menos una afición de mi interés. En general, la sociedad era más permisiva con las codornices, torcazos, avutardas y perdices, no así con la caza mayor, aunque ¿acaso los primeros no dejan de ser animales que sufren al fin y al cabo? ¿Porqué extraña razón los humanos sentimos mayor rechazo hacia la caza, o cualquier otro poder destructivo del hombre, cuanto mayor es el tamaño de la víctima? ¿O acaso los más pequeños no sufren tanto o más que un cerdo salvaje o un gran venado? Tal vez, nos sentimos más sobrecogidos por la vida cuando ésta se manifiesta en mayor magnitud y es capaz de mirarte con grandes ojazos antes de… morir.

Rodaba con esos pensamientos, pero ahora más pendiente de que no se fuera a cruzar alguna liebre sin que pudiera avistarla a tiempo, deslumbrado por los últimos reflejos del ocaso. Entonces todo sucedió muy rápido, mis reflejos actuaron en una fracción de segundo, accionando fuertemente sobre la maneta del freno y desembragando al mismo tiempo, logré detenerme por completo en escasos metros. Miré atrás y ahí seguía… ella.

La había visto sentada en la cuneta, sola, haciéndome señales de socorro. Era una morenaza increíble y, por lo visto, necesitaba ayuda. Apoyé mi Honda sobre el estribo en la cuneta y, en ese momento, llegó el estímulo a mi cerebro. Por motivo de la brusca frenada, me había aplastado los cojones contra el depósito, intenté disimular a pesar del singular dolor. Me desenfrasqué el casco mientras desmontaba a lo ‘YonWayne’, así estuve caminando los primeros pasos hasta que, sacando fuerzas de flaqueza, apreté las nalgas y enderecé mis piernas para seguir caminando, con una sonrisa forzada, hacia la chica de la cuneta.

-Hola, he visto que me hacías señas para que parase. Pensé que necesitabas ayuda –pues claro que necesita ayuda pringao, no ves la pinta que tiene, sola en la cuneta de una carretera en mitad del monte …El azul intenso de sus ojos me hizo sentir escalofríos, fue como una brisa de mar que inundase mi sudorosa tez. Dios, ¡qué guapa es! Joder Leny que tienes novia, entérate de lo que quiere, le ayudas y te largas.

-¿Qué lugar es éste? La verdad es que me encuentro perdida –su voz sonaba dulce, metálica, como un sonido irreal en una peli de ciencia ficción-

-Pues te encuentras en plena comarcal 706 a cuarenta y tantos kilómetros al oeste de la capital -¿realmente debía ser tan preciso en mi respuesta? Coño, sólo me hubiera faltado darle las coordenadas GPS-

-Bueno…, pero…, me refiero a…

Sin atender a lo que intentaba explicarme me di cuenta que le recorría un hilillo de un rojo vivo por el antebrazo hasta la muñeca, donde lucía una especie de reloj-pulsera estrafalario y bastante hortera.

-Oye ¿qué te ha ocurrido? –le advertí algo alterado – Estás sangrando, déjame que te mire el brazo.

Me acerqué para examinar más detenidamente su herida, al tomarle el brazo ella me rechazó de un manotazo y reculó medio metro cubriéndose la muñeca accidentada con la otra mano.

-Lo siento, sólo quiero ayudarte y echar un vistazo a ese corte, nada más.

-Está bien, es que estoy algo nerviosa, no recuerdo nada –respondió más calmada-

-¿Te refieres a que has tenido un accidente y has perdido temporalmente la memoria? –esta vez dejó que le examinara, su piel era sedosa y tersa aunque era de constitución musculosa-

-No he hablado de ningún accidente –me dijo sorprendida-

-Entonces, ¿cómo te explicas haber llegado hasta aquí, en mitad de la nada y a casi diez kilómetros del pueblo más cercano? –mientras trataba de construir hechos lógicos con poca ayuda de su parte, saqué un kleenex de la cazadora y comencé a limpiar la sangre para descubrir el corte, tan sólo era un rasguño poco profundo, nada serio-

-Te has debido magullar con alguna rama, no te preocupes, con un poco de colonia se desinfecta y listo ¿tienes un bolso o algo que trajeras contigo? -dije, arrepintiéndome de lo cursi que era la frase-

-Te repito que no me acuerdo de nada, ni sé si llevaba algo más conmigo, tampoco recuerdo cómo he llegado hasta aquí –su voz sonaba desesperada y vacilé en seguir haciéndole preguntas para las que no tenía respuesta. Tal vez con algo de afecto y amabilidad descubriera los motivos por los que se encontraba en esa situación-

-Mira encanto, yo lo único que puedo hacer es acercarte al centro de salud más cercano. Allí te podrán realizar un chequeo para determinar la causa de tu amnesia. También se pueden poner en contacto con tus familiares para que vengan a por ti y…

-¡Olvídalo! –me cortó- He perdido la documentación y me podrían hacer demasiadas preguntas, además no puedo llamar a nadie de mi familia, no recuerdo ni teléfonos ni nombres.

La chica parecía sincera, aunque era el cuento más extraño que había oído jamás. Mientras me hablaba se puso en pie y se pegó literalmente a mí para susurrarme al oído.

-Lo único que necesito es algo de reposo y una ducha caliente. Por favor, llévame a tu casa, no te molestaré por mucho tiempo.

¡Coño! Ninguna tía había sido tan directa conmigo, últimamente. Recuerdo en una ocasión, siendo yo un pipiolo de catorce años, que había una chica en la sierra con unas ganas locas de rabo, la Petra. Era algo rellenita y bastante mayor que yo pero ahora reconozco que tenía bastante morbo y esa cualidad no era apreciable por un chaval como yo. Entonces sólo me fijaba en sus grandes tetas (la verdad es que tampoco he cambiado mucho en ese aspecto sobre mis ‘intereses’ en las mujeres). Recuerdo que una noche, la Petra me tiró los tejos descaradamente y, estando en el sofá de su casa, se dispuso a besarme. Cuando vi que cerró los ojos y comenzó a acercar sus labios a los míos, me dejé llevar e hice lo mismo. Pero un par de segundos antes del crucial momento espié por el rabillo del ojo y descubrí, ante mi asombro pueril, que de su boca entreabierta se agitaba una larguísima lengua que buscaba la mía, sin tener para ello que juntar sus labios con los míos. La imaginé escarbando entre mis dientes como una serpiente maligna en busca de nuevas presas. Mi expectativa sexual se había visto superada con creces. Con catorce años, a lo más que aspiraba como éxito de mi ingenua hombría era un ligero manoseo (de tetas) con besitos de peli de los cincuenta, en los que la lengua siempre permanecía oculta. Así que pegué un respingo del sofá y salí corriendo. No volví a saber nada de Petra…

-¿Tanto te lo tienes que pensar? ¿Tú también has perdido la memoria y no sabes dónde está tu casa?

-¿Eeh? … nada, nada. Chorradas mías, perdona pero tienes razón, quizá si descansas algo puedas recuperar las ideas. Por cierto, soy Leny ¿y tú, recuerdas al menos tu nombre? –le pregunté mientras pensaba en besarla-

-Me llamo Sheila. –su nombre me llegó como un eco que se desvanece con dulzura, como gotas de agua que ruedan solitarias por el seco cauce de un riachuelo cuya cuenca haya sido esculpida únicamente para ese brote minúsculo, para ese paso único en el tiempo y eterno en el recuerdo-

Me quedé flipado mirándola, por un instante tuve un recuerdo de la adolescencia, un eterno amor de verano, la dulce Reme. Ahí estaba de pie con sus torres perfectamente esculpidas, dirigidas hacia mí… (¡Joder! Con treinta y cinco tacos y seguía obsesionado con los mismos intereses básicos sobre las mujeres: sus tetas).

Sheila se había incorporado y me miraba fijamente, era realmente tremenda. Vestía una especie de mono negro de dos piezas ajustadísimas que destacaban perfectamente sus apretados senos y las curvas justas de sus caderas, con una cintura de avispa acentuada.

-Curioso nombre, sólo lo había escuchado en las películas americanas. Ok Sheila, vamos antes de que me arrepienta –le dije dando una palmadita-

Caminamos hacia la moto, ella me seguía sin decir nada. Monté primero y arranqué, el motor de cuatro tiempos empezó a rugir mientras le hacía señas a Sheila para que subiera.

-Para ir más segura puedes agarrarte a ese tirador trasero o bien a mi cintura, como prefieras, pero sujétate fuerte.

Sheila rodeó fuertemente mis caderas con sus brazos sin decir nada, sentí sus duras tetas apretadas contra mi espalda. Antes de ponerme el casco inspiré profundamente, percibía su perfume natural, era agradable, se trataba del propio aroma de su cabello y de su piel sudorosa, me recordaba a una mezcla tropical que se respira en los mercados de fruta,…, algo así como papayas, mangos y guayabas. ¡Joder con las papayas! Sí que están verdes… Mientras fijaba la mirada en el paisaje de encinas para intentar, así, airear mis ‘cálidos’ pensamientos, nos pusimos en marcha.

De poco sirvió la fresca brisa que me golpeaba mientras conducía con Sheila a mi casa, mis calenturientos recuerdos seguían aflorando. En esta ocasión evoqué a una de las cerdas más directas que había conocido: Silvia, mmm, aún añoro esa sonrisa repleta de lascivia.

Silvia era una tía imponente, morenaza, ojos verdes, melena rizada, con buenas tetas y unas curvas voluptuosas que rompían el cuello a cualquiera. Desde jovencitos éramos amigos y salíamos en grupo a pesar de que mis colegas decían que era una borde y que yo era el único que la aguantaba. Según crecimos me seguía cruzando con ella por el barrio, aunque en contadas ocasiones, un par de veces al año, pero sólo con una mirada y algunas de sus risitas yo ya sabía si ese día quería o no rollo. Jugábamos a dominar, al gato y al ratón, a ver quién se pasaba más de duro. Con Silvia el lenguaje era irónico y perspicaz, siempre dobles sentidos hasta un límite de exasperación sostenida que terminaba en un gesto de puro morbo y vuelta a empezar.

Era Jueves Santo y a mis veinticinco años lo había dejado recientemente con mi última novia de entonces, para celebrarlo me fui de copas yo solo al mejor garito de música soul en Huertas y allí estaba ella. ¡Un milagro! Pensé. Toda mi familia y mis amigos se habían marchado de vacaciones y yo me había quedado a estudiar y a mojar mis penas, pero ésta era mi recompensa, un regalo divino.

Le invité a una copa -yo ya llevaba unas cuantas en el cuerpo-, charlamos de su vida y de sus novios, su curro en baretos de mala muerte y sus paranoias familiares. Cuando le sugerí cambiar de local ella me preguntó que si estaba solo en casa, que le apetecía estar tumbada conmigo en un sitio tranquilo, así sin más, mientras me miraba con esa sonrisa ingenua y a la par impudorosa y llena de lujuria, eso sí que es ser directo. Con las manos temblorosas no sé como atiné a arrancar el Skoda y echamos leches para el piso de mis viejos. La verdad es que no me dio tiempo a nada, cuando me di la vuelta, tras cerrar la puerta de casa, Silvia ya estaba desnuda de cintura para arriba, de pie, como una diosa griega con su sonrisa picarona y esas torres perfectamente esculpidas dirigidas hacia mí. Uff ¡al ataque! Ya estábamos completamente desnudos en el sofá y con los típicos juegos previos, entonces me di cuenta del serio problema… Mi excitación era brutal y debía mantener esa hercúlea erección hasta satisfacer por completo a la cerda. Debía demostrar ahora que también era más duro en la cama y no sólo con los juegos de palabras y los dobles sentidos. Se me cruzó la horrible idea de tener un orgasmo inmediato (odio el tecnicismo de ‘eyaculación precoz’, me suena a algo ingenioso, inteligente, como un crío precoz para esto o aquello, pero en un orgasmo, en cambio, es una putada más que algo talentoso). De hecho, con los nervios, no tardaría mucho en correrme y apenas la había penetrado. Así que tuve una ‘feliz idea’ (la puta madre del YonyWalker, en qué día…), le puse una excusa y me fui corriendo al cuarto de baño. Creo que fue la paja más rápida que me he hecho en mi vida, me la casqué a toda hostia para salir todo machote y preparado para lo que me echaran. Con mis anteriores novias siempre había llegado al segundo y al tercero sin problemas, ya mucho más relajado, sin nervios. Pensé que era la solución perfecta para aguantar las siete marchas de Silvia. Me esforcé en llegar a toda prisa al sofá para aprovechar esos minutos de gloria y gracia divina. Al principio todo fue sublime: por aquí, por allá, así, así, ahora asá, asá,… pero el Midas no duró lo suficiente, entre los efectos del puto Yoni y el estado de incomprensión que había generado en el pobre aparato, éste decidió cortar la corriente por sobrecarga en el sistema. Al menos Silvia fue comprensiva y compartimos mi primer gatillazo con absoluta naturalidad… ¡maldito güisky!

2 respuestas a Historias de Leny – Cap. 2 – El encuentro

  1. lamasbruji dice:

    Subidito de tono si es,

    ya estoy esperando el tercer capitulo,

    que bien escribes garri!!

  2. willie dice:

    eh! Cuando puedas cuenta lo de la fiesta en mi casa,je,je,je.

    Un abrazo.

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