Historias de Leny – Cap.3 – El sueño

Cuando invité a Sheila a entrar en casa recordé a mi novia y todo lo que pensaría si me encontrase en esa situación. Por más explicaciones que le diera no me creería, sobre todo estando con una tía tan buena como Sheila. Mis chicas, por lo general, habían sido bastante desconfiadas, pero Maika especialmente.Recé para que esa noche no viniese a mi casa por sorpresa, cosa poco probable ya que solía dedicar las tardes de los domingos a estudiar o a quedar con las pijas de sus amigas.

“Leny, cariño ¿porqué no te vienes con nosotras a casa de Pirula a tomar café? –me decía- Bueno, ya sé qué vas a decir, que no te apetece, como siempre nunca quieres venir con mis amigas y yo sí debo ir todos los fines de semana con tus amigotes. ¿Sabes qué pienso? ¡Que me da igual! A partir de ahora voy a hacer lo que me dé la gana, igual que haces tú”

“Joder Maika, pero si no he abierto la boca. A ver, ¿quiénes van?”

“Pues a parte de Pirula, vienen Lina, Nica, Mery y Fefa”

“¿Qué pasa, que no tienen novios? ¿Qué leches pinto yo en una casa con seis tías hablando de sus compras y sus compresas?”

“Ya te he dicho que no es necesario que vengas, como siempre –me decía con el ceño fruncido y mirando indiferente hacia otro lado-”

“Pero Maika, cielo, entiéndelo, son seis y ningún tío, ¿de qué coño voy a hablar yo?” … Bla, bla, bla, era la misma discusión todos los putos domingos.

Me quedé más tranquilo al recordar que Maika había mencionado el día anterior que se verían con Fefa todas juntas, parece ser que había vuelto de unas supervacaciones y les tenía que contar a todas sus superhistorias…, enternecedor.

Volví con Sheila, estaba apoyada en el recibidor boquiabierta mirando los muebles, las paredes y rincones, se mantenía enfrascada en su mutismo desde que había subido a la moto para venir a casa.

– ¿Te apetece tomar algo? Debes estar sedienta. Entra en el salón y ponte cómoda mientras te preparo algo. ¿Quieres un refresco, un zumo, una cerveza?

Agua está bien, gracias.

Puedes usar el teléfono si quieres llamar a tus padres o a tu novio –le grité desde la cocina-

Mierda –pensé- no debí haber mencionado lo de su novio, quizás tuvo con él una movida y la dejó tirada en la cuneta. Regresé enseguida con el vaso de agua y algunas aceitunas y viandas para picar. Sheila estaba trasteando con su hortera pulsera-reloj, se sorprendió al verme entrar y actuó como una chiquilla acorralada ante una travesura. Entonces no le dí importancia alguna, pero juraría haber vislumbrado durante una fracción de segundo una nube púrpura de humo flotando sobre su muñeca. Imaginé que sería algún reflejo provocado por la multitud de minúsculas gemas multicolores que estaban incrustadas alrededor de su pulsera.

Por favor, avisa a tus familiares, deben estar preocupados –le insistí-

No puedo, es imposible.

Mira Sheila, no sé de que va todo este misterio pero me estoy empezando a preocupar, sin mencionar el mosqueo que tengo encima. De verdad, si tienes cualquier problema cuéntamelo y si puedo ayudar en algo, pues encantado.

Mira Leny, ahora no puedo contarte más. Sólo te pido que me des tu confianza y me indiques un lugar donde pueda descansar.

Me quedé unos instantes mirándole detenidamente a los ojos. “Leny, ¡Qué guapa es! Además parece sincera…”

Por un momento quedé como hipnotizado, me sentí embriagado nadando desnudo en esas azules lagunas que rodeaban sus pupilas, notaba el agua fría, casi helada y no veía más allá …

Me encontré flotando en la laguna de una gruta, el agua se tornaba de color azul turquesa, tambaleante proyectaba su claridad sobre la bóveda de la caverna y sus reflejos bailaban al son del chapoteo. Estaba claro que la fuente de luz provenía de alguna grieta en el fondo, bajo mis pies. Quizás el agua entraba desde un tunel exterior y rellenaba la cavidad subterránea que se habría generado por erosión geológica, incrementada por la propia erosión del agua chocando contra las paredes. Ni siquiera sabía si estaba rodeado de paredes o era más extensa, con pasadizos ramificándose, desde la sala donde me encontraba, hacia otras galerías. Comprobé si el agua era salada y saboreé con asombro un agua dulce y extremadamente mineralizada. Estaba equivocado con respecto a mi teoría del mar. Entonces, ¿dónde me encontraba? ¿cerca de un lago exterior? ¿quizás un río subterraneo filtrado desde algún sumidero? Pero, ¿porqué flotaba de ese modo si el agua no contenía sal? Me surgían un sinfín de dudas y teorías, lo más curioso es que lo que menos me interesaba era cómo había llegado hasta allí. Apenas si llegaba a ver, tan sólo el techo a unos escasos cinco metros sobre mi cabeza. Intenté nadar a ciegas, braceando con cuidado de no chocar contra las rocas de la supuesta orilla, pero no la alcanzaba. Escuchaba con cierto eco el jadeo de mi propia respiración, la humedad era cargante y se inhalaba, casi me inundaba las vías respiratorias, me hizo toser varias veces. Entonces, sentí una extraña sensación, la luz se hacía más potente, notaba presión hacia abajo en mi cuerpo, pero seguía flotando, era como si descendiese rápidamente en un ascensor. La única referencia de que disponía era la gran bóveda rocosa, así que alcé la vista y percibí un fuerte escalofrío cuando apenas pude vislumbrar los azules destellos de minutos antes. Estaba descendiendo, el agua de la cueva se replegaba, la luminosidad del fondo era cada vez más brillante. Aunque conservaba cierta flotabilidad empecé a patalear, notaba como una gran fuerza succionaba mi cuerpo hacia el lecho de la sima, hacia el intenso azul. Un gigantesco remolino empezó a tomar forma y yo me encontraba en uno de sus colosales surcos, alejado del centro que no veía pero intuía, dando vueltas a merced de tan desmedido monstruo. La distancia al techo y la supuesta orilla debía ser inmensa ya que, a pesar de la enérgica claridad, todo a mi alrededor era oscuro, lúgubre. Sin ningún tipo de referencia era imposible apreciar si había completado una o diez vueltas en el mastodóntico vórtice, pero la fuerza centrífuga que arrollaba mi cuerpo iba en aumento y a cada instante debía patalear con más ímpetu para mantenerme a flote. De improviso, en una de mis patadas, golpeé contra algo. Otra vez… y de nuevo, luego, ese algo topó contra mi espalda. Mientras me agitaba y revolvía de un lado hacia otro intentando ver de qué se trataba, de nuevo mi mano palpó otra de esas cosas, era duro y de tacto suave y frío, era metálico sin duda. Entonces algo emergió junto a mi costado derecho, parecido a una pinza metálica unida a un largo brazo taladrado tipo lego y luego flotó más y asomó parte de una caja robusta, plateada y remachada por multitud de piezas e iconos. Después, otro brazo, todo unido al mismo bloque. El armatoste brillaba por el intenso resplandor abismal y sus destellos azul-plateados me deslumbraban, como si el metal estuviese cuidadosamente pulido, casi como un espejo. Otro de esos artilugios afloró frente a mí, con una de sus legopinzas rozándome la cara, me dí cuenta de que estaba rodeado de esos logorobots y hasta donde alcanzaba mi vista, allá donde mirase en la superficie, todo eran destellos azul-platas y vaivén de logobrazos planos y perforados y pinzas amenazadoras y remaches y cubos. Me agarré sin dudarlo al legorobot más cercano, flotaba incomprensiblemente, rodeado de metal y todo flotaba excepto yo. Esos chismes eran mis salvadores, de momento. Repentinamente la velocidad de giro aumentó, la presión era muy fuerte, empecé a marearme y el fulgor azul se agudizó de tal manera que me cegó, todo era azul, en mi retina, en mis pensamientos. Cerré los ojos, me agarré con tesón a mi nuevo compañero y me dejé llevar convencido, aunque no se muy bien porqué, de que pasara lo que pasara estaba a salvo con mis nuevos amigos, los legorobots.

Justo entonces desperté de mi delirio, ella me sopló en la cara.

¿Otro de tus viajes por el mundo de Alicia? Aunque sea, por favor déjame darme una ducha y descansar un rato, luego, si sigues sin fiarte de mí, me iré sin molestarte más ¿De acuerdo?

¿Eeeeh?, ah, vale, ‘no problemo’. Al final del pasillo tienes una habitación con su cuarto de baño, es la mía, pero esta noche puedes quedarte en ella. Si necesitas algo yo estaré en la habitación contigüa. Tienes toallas limpias en el mueble debajo del lavabo, creo que también encontrarás cosas de chica, por si las necesitas, ya sabes…, cremas, tampax y demás, son de mi novia.

¿Tu novia? ¿Cómo es que no está aquí?

No vivimos juntos, ella aún vive con sus padres y yo me independicé hace poco.

Bueno, seguro que es una chica afortunada.

“¿Afortunada? –pensé- Sí claro, no creo que lo sea tanto si te pilla en la ducha y durmiendo en mi cama …”

Mientras Sheila se encaminaba a la habitación recordé sus bonitos y sinceros ojos, aunque extraños, el caso es que echaba en falta algo en ellos, algo habitual en cualquier otra mirada que no lograba entender. Me vino a la mente una obra de M.C.Escher, una mediatinta donde aparece retratado el ojo del propio autor con una calavera reflejada en su pupila… ¡Eso era! En sus ojos no me veía reflejado, de hecho, sus ojos no reflejaban NADA EN ABSOLUTO.

Esa noche tuve problemas para conciliar el sueño, a parte de darle vueltas a mi extraña alucinación, tan real que aún sentía fríos los pies, estaba la peculiar situación en que había encontrado a Sheila y el misterio que flotaba en torno a ella.

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