Historias de Leny – Cap.4 – El anhelo

El viento otoñal azoraba las cargadas ramas de los castaños en pleno centro de la capital. El gran ventanal de mi despacho desde el vigésimoprimer piso de la torre Picasso me permitía disponer de un panorama singular del atardecer en Madrid.

Desde mi privilegiada atalaya observaba el contraste entre los diferentes estilos arquitectónicos de las barriadas, casi llegaban a verse dibujados los límites que las separaban. Estaba completamente abstraído con esa visión, aunque en realidad mis pensamientos se encontraban muy lejos de allí. Me gustaba observar la grandeza y la belleza de las cosas para evadirme del presente y viajar a aquellos lugares que mi mente anhelaba; la ciudad era parte de mí, era un apéndice más de mi cuerpo y aunque realmente la odiaba con todas mis fuerzas por su caos, por la antítesis que suponía para la naturaleza en su más puro estado y los amplios espacios naturales, siempre sucumbía a su atracción, no podía vivir sin ella…  demasiado tiempo.

Mis ojos eran para la ciudad pero mis pensamientos estaban con Sheila. Se estaba acercando un nuevo fin de semana y no había vuelto a saber nada de aquella misteriosa pero apasionante mujer. Durante estas últimas dos semanas me habían ocurrido sucesos muy extraños y el primero de todos fue el encuentro con la chica de los ojos azules sin brillo. Además mi novia lo había dejado fulminantemente después de tres años de relación, con más o menos broncas, como todo el mundo –pienso yo-. Para colmo pretendía que fuésemos simplemente amigos, primero necesitaba olvidarla para curar mis heridas y después nunca volvería a verla como una amiga, podría caer en la tentación de querer acostarme con ella, mi imaginación viaja rápido y la recordaría desnuda en la cama mientras me estuviera contando cómo le va la vida.

Joder, que idiota fui, siempre me pasa lo mismo, cuando tengo una buena oportunidad con una tía descomunal resulta que estoy con bicho. Soy un tío algo tímido con las mujeres y siempre que alguna se me ha insinuado rotundamente y he tenido una ocasión propicia para echar un buen polvo, resulta que mis principios de fidelidad a mi pareja en ese momento se anteponían a cualquier tipo de conato. Parece que las tías tuvieran alguna especie de sensor por el cual detectan si tienes o no tienes novia, debe entrar en funcionamiento a kilómetros de distancia y las predispone a superar un gran reto: seducir al hombre de una competidora.  Debe ser una mayor victoria y satisfacción que el hecho de abordar a un hombre que, simplemente, te gusta.

En esos momentos hubiese deseado que aquel encuentro con Sheila se repitiera, sin barreras, sin mi novia, sin remordimientos de cónyuge fiel. Pero claro, debía ser que su rádar ahora ya no me marcaba como una víctima potencial. Durante los días siguientes a nuestro dulce tropiezo no dejaba de comerme la cabeza pensando en que quizás me había portado algo borde con ella y por eso pudo tomar la decisión de no volver a molestarme.Aquella noche tuve problemas para conciliar el sueño, la sentía en el silencio de la noche, en la habitación contigua, podía escuchar su respiración profunda y entrecortada, notaba sus movimientos inconscientes en la cama (en mi cama), pero, sobre todo, percibía su perfume natural, ese aroma que revolucionaba mis sentidos provocando una lluvia de millares de chispas entre mis neuronas. Sin embargo, a la mañana siguiente y a pesar de que era un Lunes y tenía que madrugar para ir al curro, ella ya no estaba. Tan sólo el rastro de su perfume y la ropa de cama alborotada delataban su presencia la noche anterior, al menos no había sido uno de mis extravagantes sueños. Ni siquiera una nota dando una explicación, mostrando un teléfono o un simple agradecimiento y un ‘hasta luego’.

Me sorprendí a mi mismo frustrado el resto de la semana, evocando los escasos recuerdos de Sheila. ¿No era más que yo el único causante de padecer ese sentimiento? En cierto modo, uno de mis pilares filosóficos era evitar cualquier tipo de expectativas y así evitaría también los efectos negativos de las mismas, como la frustación. Mis amigos me comentaban que eso tan sólo podría generarme un tremendo pasotismo por las cosas, por todo en general, aunque no era el concepto que yo trataba de exponerles, ahora me había visto sorprendido por una de esas expectativas poco realistas, ¿porqué debía mostrarme algún tipo de afecto una persona que no me conocía de nada?

Una y otra vez veía su mirada reflejada en los cristales del ventanal, como si sus azules y misteriosos ojos me observaran desde afuera. Por una vez, después de muchos años, mi recuerdo de una mujer, posterior a una primera ‘cita’ no se limitaba a sus tetas primordialmente. Bueno, debo reconocer que también pensaba en ello pero no eran esas dos razones las que me quitaban el sueño. La mirada gélida y azul del ventanal ahora se tornaba menos imaginaria y me producía escalofríos, pero también anhelo y ternura.

Leny, macho te pasas media vida mirando a la calle ¿estás en plan voyeur o qué? Venga anda, vamos a comer que me rugen las tripas. Javi había entrado a saco en mi despacho y como siempre me había dado un buen sobresalto. Una cosa era venir a trabajar y otra muy distinta era trabajar, y yo esa semana no estaba por la labor.

La leche Javi, ¿cuándo cojones aprenderás a llamar a la puerta? Puedo estar haciendo algo importante, una reunión con un cliente o yo que sé qué.

Sí claro, o también te la pueden estar chupando y no me avisarías, capullo –Dijo Javi acentuando su sonrisa picarona mientras realizaba un vulgar gesto sobre su afirmación-

Pues sí tío ¿porqué no? Fíjate, igual un día entras como sueles hacer y me pillas follando con tu ex ¿te mola? –Sabía que lo habían dejado hace poco, al igual que Maika y yo-

¿A quién? ¿A María? No creo que tenga tiempo para venir por aquí… con la de horas que pasa en la Casa de Campo. Venga Leny vamos, que luego están los sitios a tope y no hay quien pille mesa.

Javi era uno de mis mejores colegas en la empresa, si no el mejor. Habíamos entrado el mismo año y casi el mismo día y desde un principio me descubrí que se podía confiar en él. Para nosotros una cosa era la empresa y otra los amigos, pero lo que teníamos muy claro es que nuestra vida personal y nuestra amistad estaba por encima de todo. Esos valores de moda que se inculcaban en muchos compañeros, sobre la cultura de empresa, la familia de empresa, llegaban a llamar algunos,  no eran muy afines con nuestras ideas. Nos solíamos relacionar con todo el personal sin ningún tipo de distinción, y aunque, en mi caso, ostentaba un cargo ejecutivo con cierto poder, nunca me gustaron las diferencias entre las clases sociales y menos aún en las estructuras organizativas empresariales.

Javi tenía cinco años menos que yo aunque apenas se notaba la diferencia ya que a mi siempre me echaban menos edad de la que tenía realmente. Tenía algo de gancho con las tías aunque le faltaba, a mi entender, buenas tablas y una pizca de picardía. De complexión delgada y con casi un metro ochenta de estatura, ‘vestía’ siempre amplias gafas de sol como principal protección para una piel blanquecina, delicada y muy fina en la cara, casi una tela, aunque no por sus oscuros ojos, castaños, casi negros. Aunque lo que más atraía de Javi a las mujeres era su melenita rubia que le daba un aspecto frágil e infantil, provocando en ellas un instinto protector y maternal, o al menos, eso es lo que afirmaba su ex, María, simplemente María. La muy zorra le había plantado sin más. Es cierto que su aspecto angelical no coincidía con su carácter de viejo verde,  pero el siempre se portaba demasiado bien con las mujeres, hacía todo lo que ellas le pedían y lo que no le pedían… también. Al final, ellas terminaban por aburrirse, no encontraban aliciente y empezaban a pasar de él. Yo siempre le intentaba embrutecer, o sea, aportar un carisma de personalidad masculina y pasotismo controlado al carácter borreguil del hombre siempre siervo y complaciente con la mujer, evitando, así, todos esos decoros, adornos y floripondios que los hombres se empeñan en ofrecer al sexo contrario como parte del rito ancestral (¿del acoso a la hembra?) y que no son más que puras parafernalias machistas. En cambio, prefiero la seducción en su estado más natural, la seducción de los sentidos, con la mirada, los gestos, los olores … y la carne. Es difícil encontrar una mujer que sepa apreciar este tipo de seducción tan sutil, en realidad siempre que intento transmitir esta química, al principio puede funcionar, pero me doy cuenta durante el transcurso de la relación que mi chica no ha captado relmente todas las notas de mi seducción, no ha entendido la cantidad de cosas que quiero transmitirle con un gesto, una palabra, una mirada, y que, finalmente, retorna a los términos machistas sobre cosas tales como: “no me has enviado flores en nuestro aniversario” o “no has venido a buscarme, he tenido que sacar el coche”, incluso “siempre tengo que darte yo un beso”, o bien “ya no dices todos los días que me quieres”

¿Acaso lo he dicho alguna vez? Estas son las expectativas frustrantes a las que intento evitar, excluir de mi vida, pero la gente se empeña en seguir usándolas en su vida. Yo puedo tener esperanzas por algún objetivo o ilusiones por algún sueño, pero ¿realmente debo esperar sentado a que ocurra lo que sólo está en mi mente o debo luchar por conseguir acercarme lo más posible a ello sin exigir algo a cambio? La frustración viene ocasionada precisamente por esa exigencia, no porque no ocurra el hecho en sí, otra vez será… si lo hago bien.¡Qué hostias! A mí tampoco me han enviado flores ¿y qué?

En verdad, mis lecciones sobre la ‘seducción de los sentidos’ tampoco habían sido comprendidas por Javi, quien pensaba que la seducción del tacto consistía en la ardua tarea de tocarle el culo a una tía en plena hora punta del metro. En cuanto a la seducción del olfato, la reconocía más bien como una labor de eliminación de competencia ya que se dedicaba a lanzar en plena pista de baile una serie de ‘bombas de metano’ para así vaciar la zona de combate expulsando a otros machos competitivos y, de paso, dejando a las pobres víctimas sedadas y con gran parte de sus facultades mermadas. Siempre se las apañaba para echarle la culpa a algunos de los que se iban y además aprovechaba la treta para entablar conversación. ¡Menuda traducción de mis enseñanzas!

Sin embargo, su mayor provocación fue el día que quiso realizar una libre interpretación sobre la ‘seducción de la carne’. Cometí el error de mencionárselo una noche de marcha que íbamos bastante tostados. No sé qué fragmento transformaría su retorcida mente pero casi nos ganamos una buena paliza. Me costó bastante aplacar la furia de los matones del Archie cuando nos echaron casi a patadas al pillarle bailando en la pista con el ‘miembro’ fuera de la bragueta mientras se ofuscaba en arrimarse a las escandalizadas pijas que tenía alrededor.

Javi, a ver si te embruteces algo que falta te hace, pero con las mujeres con las que sales –Le comenté sin levantar la mirada de la carta que estaba ojeando-

Estás de la olla tío, llevas cinco minutos sin abrir la boca y ahora saltas con eso. Anda, avisa al camarero que me muero de hambre.

No sé donde lo echas macho, con lo tirillas que estás …

Pues imagínatelo, las mujeres… que me consumen.

Eso quisieras tú, monstruo. Oye tío, hablando de mujeres, tengo que contarte algo que me pasó hace unas semanas y no paro de darle vueltas. Pero, júrame que no le vas a contar nada a nadie y menos a los jefes de area, ya sabes cómo vuelan las noticias en las cafeteras y en las narcosalas –Así llamábamos a las estancias insalubres que la empresa reservaba para los fumadores, ya que no estaba permitido fumar en el resto del edificio-

Javi era bastante charlatán y le encantaban los chismorreos y los corrillos de chinchorreros, en definitiva, un radio-macuto. Pero era mi amigo y sabía que era capaz de comprometerse a guardar un secreto.

¡Hostias! esto promete, el Leny se ha tirado a otra tía y por eso le ha dejado su novia. Jajaja.

Menos coñas, que todavía no sé si creerme lo que me pasó.

Mientras nos iban sirviendo los primeros platos intenté contarle a Javi toda la historia de mi encuentro con Sheila aquel domingo pasado, con el máximo posible de detalles. En más de una ocasión tuve que asegurarle la certeza de los hechos que, al  igual que yo, no lograba entender en su contexto. Cuando terminé estábamos con los cafés y Javi se partía el culo de mí.

¡Qué pringao! O sea, que tuviste a una tía buenísima en pelotas, durmiendo en tu cama y ni siquiera la tocaste. Y encima ahora estás sin novia. ¿quién es el que se tiene que embrutecer?

Joder Javi, baja la voz –le susurré espiando por el rabillo del ojo– No te das cuenta que nos está mirando la gente. Vamos a pagar y volvamos al tajo.

La tarde en la oficina fue bastante aburrida en lo que a novedades se refiere, aproveché para poner orden a mi cuenta de correo y limpiar los cientos de mensajes que tenía acumulados. El proyecto en el que estaba inmerso de momento experimentaba un ligero parón debido a falta de fondos por parte de los integradores, en realidad nuestros clientes directos, aunque no finales.

2 respuestas a Historias de Leny – Cap.4 – El anhelo

  1. cristian dice:

    jajaja, las tias son asi, son ¨complicadas¨ xD. Escribes muy bien, lees mucho y esas cosas no?. Un saludo

    • garri dice:

      Gracias, la verdad que últimamente leo menos, cada vez tenemos menos tiempo para el ocio ;))
      Siempre habrá algo de “complicación” entre el hombre y la mujer … jeje.

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