Viaje por la Isla Sur de Nueva Zelanda

Hace tiempo realicé uno de los más maravillosos viajes que marcaron mi vida y aún recuerdo con grato cariño, finalmente he decido compartir un pequeño trayecto de ocho días durante esa maravillosa experiencia que duró varios meses. Espero que lo disfrutéis tanto como yo y algún día podáis experimentar en vuestra piel tan agradable vivencia ….

Auckland, Junio 2004

Detalle de ocho días de aventura a través de una de las islas más hermosas del mundo.

DÍA 1:

Volé desde Auckland, la ciudad kiwi más importante en la Isla Norte, hasta Nelson en la Isla Sur. Los vuelos domésticos dentro de Nueva Zelanda los gestionan tres compañías: Air New Zealand, Origin Pacific y Qantas. Aunque sólo las dos primeras disponen de vuelos entre ambas ciudades. Así que decidí optar por Origin Pacific y me aventuré en un pequeño turbohélices de unas veinte plazas que ni siquiera disponía de compartimentos para el equipaje de mano, el propio copiloto nos dio las instrucciones de seguridad y después desapareció dentro de la cabina y por el resto del viaje.

En el aeropuerto de Nelson había contratado un automóvil para desplazarme libremente por la isla durante mi estancia, los precios de alquiler de coches en Nueva Zelanda suelen ser muy económicos en comparación con Europa, además la gasolina es realmente barata, se puede llenar un depósito por menos de 25 euros.

Había planificado mi primera visita al maravilloso parque nacional de Abel Tasman, por lo que pretendía pasar la primera noche en un pueblo lo más cercano posible. De camino al parque paré en Motueka, uno de los pueblos más grandes e importantes de la zona, entré en un fish&chips que en esta zona suelen tener fama por la calidad de su pescado, estaba muy hambriento y escogí dos buenos trozos de shapper, un pescado blanco y fresco del día, con patatas (chips). Lo pedí para llevar ya que la mañana era soleada y los paisajes magníficos, relajantes. Decidí parar en ruta hacia el parque nacional, en la cuneta de la carretera, las vistas eran increíbles y el lugar idóneo para degustar un pescado fresco muy sabroso. Por tan sólo 9.20$NZ (unos 5euros), disfruté de una comida saludable y contundente.

Mi camino se dirigió a la entrada sur del Abel Tasman, discurría por la costa y todas las playas mostraban brillantes su dorada arena, típica de la zona. Pasé por Kaiteriteri y después llegué a Marahau, se trata del último pueblo antes del gran parque, si es que podía considerarse pueblo, tan sólo un par de casas y las instalaciones neozelandesas de información y cuidado para el acceso al parque nacional.

Había varias posibilidades y caminos para realizar a través del parque ya sea por la costa o por el interior del frondoso bosque. Seleccioné un camino bordeando la costa de unas dos horas. No me defraudó, el sendero llevaba a través del típico bosque de helechos plateados, árbol autóctono de Nueva Zelanda conocido como Fern Tree. La hoja de dicho árbol es el símbolo del país y se puede observar en multitud de logos, camisetas y souvenirs, incluido la camiseta negra de los famosos jugadores de rugby “All Blacks”.

La pendiente del camino se erguía cada vez más, aunque ello hacía que las vistas a las diferentes bahías del parque fueran sublimes. Al principio el paisaje era una especie de albufera con lenguas de barro, aunque más tarde pude alcanzar playas de arena dorada rodeadas de rocas, bosques, mar en calma. Pequeños islotes verdes y frondosos, vírgenes y desiertos salpicaban las bahías. En la última playa pude acceder desde lo alto de la colina a través de un sendero casi imposible, muy inclinado y apenas visible por la maleza y los árboles, las raíces de los mismos se entrelazaban con las ramas y convertían el piso en una alfombra deslizante y peligrosa. Había una manguera bien anclada en diferentes puntos del camino para facilitar el descenso/ascenso de los aventureros como yo. Llegué apenas sin aliento pero al ver el espectáculo que me esperaba pensé en lo afortunado que era al haber decidido acceder a ese lugar inhóspito y virgen, tan sólo unos pequeños cormoranes me acompañaban en la orilla. Por cierto, huyeron despavoridos en cuanto me acerqué, se nota que no estaban acostumbrados a la presencia del hombre.

Estaba oscureciendo y no disponía de demasiado tiempo para abandonar el parque y conducir hasta el norte, así que me apresuré para dirigirme a Takaka donde pasaría la noche.

Mientras conducía por la sinuosa que ascendía por las colinas del pueblo, no dejaba de mirar el paisaje colina abajo a pesar del peligro que ello implicaba. Me detuve unas cuantas veces para fotografiar la puesta de sol, la vista se perdía en el inmenso valle salteado de pequeñas granjas con chimeneas humeantes, más allá, a un lado se observaban las grandes montañas de Takaka y al otro se observaba el gran mar de Tasmania.

Llegué al pueblo completamente de noche cerca de las seis y media de la tarde y me costó encontrar un hostal (backpackers) ya que era Sábado, finalmente me hospedé en el ‘Golden Bay’, en una habitación de seis camas, aunque tan sólo compartía con dos chicas asiáticas, algo raras, un de ellas tenía una cara extrañísima y una cabeza muy grande. Al principio no pude distinguir si era un hombre o una mujer, ya que su voz era demasiado grave y cuando llegué estaba durmiendo mientras su compañera la reanimaba para que fuese a cenar.

DIA 2:


Después de dormir con las japos en la misma habitación soportando los ronquidos de una de ellas me desperté temprano, sobre las 7:30, y me apresuré a asearme y preparar mi mochila sin despertar a nadie. Mientras desayunaba, por cortesía de la casa, observé, ante mi asombro, a un pequeño ratón que pasaba nervioso casi delante de mis narices y se afanaba por encontrar un hueco entre los muebles y electrodomésticos de la cocina donde refugiarse. Lo más gracioso de todo es que el encargado del turno matutino me obligó a descalzarme ya que las zonas comunes debían mantenerse limpias de porquería originada por el calzado de calle.

Me fui pitando de allí hacia el parque nacional. Llegué hasta Pohara y de ahí tomé la dirección a Totaranui. El paisaje desde Pohara era maravilloso, paradisíaco. Tuve que detenerme en varias ocasiones para agradarme la vista ante el asombro que me producían tales playas, arenales, barrizales y albuferas. La carretera iba bordeando la costa del parque ofreciendo panoramas increíbles. A unos 20 Km. de mi destino, la carretera se tornó en un simple camino polvoriento de tierra muy estrecho y sin apenas espacio para dos coches. Entonces empezó la aventura, tuve que conducir con sumo cuidado por la escarpada y sinuosa pendiente, me recordaba a un piloto de rallies, llegué incluso a preguntarme si por ese camino se disputaría alguno de los tramos del famoso Rally de Nueva Zelanda. De nuevo las perspectivas, según iba ascendiendo, superaban a todo lo que había visitado previamente. Al final, entre todo el sotobosque (formado mayoritariamente por el árbol autóctono conocido como helecho plateado) y los matorrales de la típica y frondosa selva ‘kiwi’, se observaban las doradas playas del Abel Tasman y el sereno mar: tranquilas aguas de la bahía de Tasmania bañadas por el estrecho de Cook, allí donde el Pacífico Sur y el Mar de Tasmania se funden.

Finalmente alcancé el embarcadero de la bahía de Potaranui y estacioné el coche en el parking público. Aún disponía de tiempo hasta la llegada de la embarcación que me llevaría a lo largo de las calas, islotes y playas. Decidí recorrer uno de los senderos marcados en el parque, el más corto desde donde me encontraba, y así llegué hasta una pequeña colina que separaba dos bahías. A ambos lados me maravillaba con las playas vírgenes y selváticas y con el contraste de tonos verdes intensos entre las aguas transparentes y el bosque que se esparcía a lo largo de la playa hasta hermanarse con las doradas arenas.

Poco antes de las once de la mañana regresé para tomar la pequeña lancha, que llamaban ‘Aqua-taxi’, dirección sur hacia Torrent Bay, desde allí caminaría hacia el norte hasta Cray Bay donde la embarcación me recogería de nuevo a pie de playa para estar de vuelta en Potaranui a eso de las tres de la tarde. En el Aqua-taxi íbamos unas seis personas, cada uno con su chaleco salvavidas. Durante el trayecto vimos tímidamente a un delfín con su cría y a bastantes focas que, adormiladas, tomaban el sol en las rocas de un islote cercano. El camino a pie desde Torrent Bay hacia el norte duraba unas dos horas (según el centro de conservación del parque nacional), aunque a mí me llevó una hora y media, realizando paradas y visitas alternativas a diferentes calas de la costa. Esto requería un gran esfuerzo para escalar y volver al camino original, por ello terminé exhausto aunque satisfecho por tan sano ejercicio aeróbico.

Crucé por Falls River a través de un puente colgante precioso aunque algo inseguro (y eso que iba yo sólo). Un pequeño cartel aconsejaba no cruzar más de tres personas al mismo tiempo… Esperé en la playa pactada al bote que me conduciría de vuelta a Potaranui y al parking. Debido a los agresivos mosquitos (sandflies) no pude siquiera descalzarme y menos aún tumbarme en la arena para tomar el sol. De regreso en la carretera el viaje transcurrió sin incidentes, eso sí, muy cansado, de noche, muchas curvas, niebla,..  Necesitaba una habitación tranquila donde descansar de tan intensa jornada, así que llegué a Westport donde me hospedé en el albergue ‘BP Trippin’. Pagué 33$NZ (unos 18€) por una habitación individual, al menos dormiría sólo en un lugar agradable, ¡a descansar!

DÍA 3

El hostal donde me alojé la noche anterior era una antigua casa colonial del siglo XIX cuyo interior había sido rehabilitado para uso de los alberguistas, excursionistas, mochileros y turistas como yo. A mí me recordaba más bien al motel de Psicosis. Los dueños, una pareja de ancianos muy agradables, me habían acomodado en una habitación para mí solo en la que descansé como un rey, era silenciosa, oscura y, lo más curioso, el colchón disponía de un cubre-cama eléctrico, así que dormí muy calentito y mi espalda se benefició de tan buen trato.

Westport es un pueblo pequeño, tan sólo es una calle principal por la que transcurre la carretera estatal y algunas bocacalles que se extienden pocos metros a ambos lados de la misma. A pesar de ello dispone de todos los servicios que puedas necesitar: oficina postal, tiendas, bancos, restaurantes, cafés y un supermercado donde hice la compra para el resto de los días. Después de un buen desayuno partí dirección Greymouth.

El trayecto desde Charleston a Greymouth fue increíble, uno de los más bonitos que he recorrido hasta ahora. La carretera bordea la costa oeste por el tramo norte de la Isla y se pueden observar la furia, fuerza y belleza del Mar de Tasmania, naturaleza viva en su más puro estado. El sol de la mañana iluminaba las grandes y escarpadas colinas que se hundían con suavidad sobre las vírgenes playas. Desde algunos ángulos de luz, la neblina matutina creaba efectos fantasmagóricos al fundirse con la espuma ascendiente de las olas que rompían en las rocas. Parecían paisajes celtas, similar a los acantilados del sur de Irlanda o de algunas costas Gallegas.

Al otro lado del mar sólo había vegetación, bosque frondoso por el que a veces serpenteaba la carretera llegando a oscurecer su trazado. Al menos, el motor del coche era potente, 6 cilindros de un Ford Telstar, un modelo desconocido en Europa y muy apreciado en estas latitudes. Necesitaba gran concentración en el ‘pilotaje’ (más que ‘conducción’ como tal) por pendientes acentuadas, continuos cambios de peralte y curvas que cortaban el aliento, con limitaciones de velocidad de hasta 20km/h.

A cada nuevo tramo de trayecto se sumaba un nuevo paisaje que superaba a los anteriores y cuando parecía que era imposible ver algo nuevo más alucinante, a la vuelta de una curva lo encontraba.

Realicé varias paradas para fotografiar panorámicas de la costa desde Woodpecker Bay y más adelante, en Irimahuwhero, una pequeña colina desde la que se podían observar al mismo tiempo dos bahías increíblemente bellas con grandes rompientes e infinidad de alargadas rocas dispersas por la playa como dedos gigantes saliendo de la arena en busca de la fresca brisa del Mar de Tasmania.

A partir de Hokitika el paisaje empezó a cambiar bruscamente mostrando esos grandes contrastes que posee este hermoso país en tan sólo unos pocos kilómetros. La carretera empezó a adentrarse hacia el interior de la isla y los Alpes del Sur se revelaron majestuosos para acompañarme durante el resto del viaje. La vegetación también se transformó, ahora dominaban los abetos y demás coníferas típicas de regiones septentrionales frías y montañosas. Aún podía encontrarse el famoso silver fern, también conocido como fern tree o helecho gigante plateado, aunque más bien aislados. Crucé por paisajes repletos de ríos, lagos como espejos, picos nevados y me adentré en la subida hacia los glaciares, el Frank Josef y después el Fox Glazier. Evidentemente sus nombres se deben a sus descubridores. Los pueblos en sí no son gran cosa, tan sólo un cúmulo de comercios, hostales y moteles originados por el turismo de la región.

Me dirigí hacia el glaciar Fox que es el menos explotado, por decir algo, y llegué al Backpackers de Itwy Towers, muy juvenil y bien equipado. Me alojé en una habitación de cuatro personas y como aún era pronto, sobre las tres de la tarde, me acomodé y me dispuse a prepararme una comida ligera. Después conduje hacia el parking del glaciar, a pocos kilómetros, desde el que parten los diferentes walkways (senderos) para visitar a pie el tramo final de la lengua de hielo semi-perpetuo. El glaciar se observa claramente con gran resplandor azul desde el primer tramo marcado como una hora ida y vuelta, aunque puede realizarse en la mitad de tiempo sin demasiado esfuerzo. Me acerqué a la boca de una cueva en la morrena frontal, al final del glaciar, desde ahí el coloso azulado arrastraba rocas y trozos de hielo hacia el exterior hasta formar un río que discurría por el antiguo cauce del glaciar. En el año 1790, el Fox Glazier alcanzaba hasta la carretera por la que se ascendía hacia el parking y década tras década fue replegándose metros y kilómetros hasta alcanzar su situación actual, dejando atrás una amplia cuenca con paredes escarpadas por la que transcurren guijarros y fragmentos de hielo y roca arrastrados por el agua helada. Utilicé el otro sendero para obtener mejores vistas de la morrena lateral y del nevero del glaciar, era bastante más duro y aventurero que el primero y requería casi una hora en sentido ascendente. No me crucé con nadie al final del sendero ya que estaba anocheciendo y podía ser peligroso caminar sin linterna por aquellos laberintos oscuros. Al final del camino me encontré ante un auténtico balcón a la naturaleza, estaba en un promontorio colgado prácticamente de la roca y abajo, al frente,  aparecía el Fox majestuoso, protegido por laderas y montañas de cimas nevadas, podía incluso escuchar maravillado el eco del glaciar al anochecer, hielo puro en pleno movimiento. El camino de regreso por el sendero a través del frondoso bosque se me hizo complicado, tuve que ir corriendo para evitar ser atrapado por la oscuridad que comenzaba a engullir todo a su paso. El piso deslizante que formaban las hojas secas húmedas, el musgo y la grava, era peor que una pista de hielo y las ramas de los helechos se entrelazaban y complicaban la identificación del trayecto correcto. Más de una vez me equivoqué y tuve que retroceder por el laberinto en busca del camino original, incluso llegué a vadear ríos con poco cauce, aunque tan sombrío se torna en una empresa poco recomendable.

Después de los múltiples esfuerzos y experiencias vividas con tan hermosos contrastes me encontraba sumamente cansado, así que regresé al albergue y a las seis de la tarde me fui a la habitación para escribir y descansar.

DÍA 4

Me desperté temprano y escuché el ruido de la lluvia golpeando la uralita de los tejados. Había pasado una mala noche, quizás tantas emociones me privaron de dormir demasiado bien. Salí del pueblo y no cesaba de llover, así que decidí ir en dirección a Wanaka evitando paradas en la medida de lo posible. Los siguientes kilómetros transcurrieron algo aburridos ya que con la lluvia y las nubes tan bajas apenas podía ver algo, tan sólo imaginaba el frondoso bosque envolviendo la carretera de un modo interminable. Hasta Haast no hubo nada interesante. A partir de ese momento el paisaje a ambos lados se hizo más abrupto, empezaba el paso por el desfiladero de Haast Pass, realmente bello y místico sobre todo por la niebla que rodeaba el paisaje y se mezclaba como un componente más del mismo. Fue una pena no disponer de mayor claridad para detener el coche y observar, pero llovía demasiado.

Llegando al lago Wanaka el aspecto encantado del paisaje se tornó en algo casi de fábula, la tierra perdida de elfos y duendes me vino a la memoria, los distintos recovecos del lago reflejaban todo a su alrededor como espejos.

El paisaje era típico de valles alpinos con bosques de abetos y otras pináceas, lagos y multitud de cataratas a ambos lados de la carretera. Algunas se veían en lo alto de los peñascos y de las accidentadas colinas, como hilillos blancos dibujados sobre la roca.

Llegué a Wanaka, un pueblo precioso en el borde inferior del lago del mismo nombre, punto de partida hacia la estación invernal de esquí Trebble Cone. Recorrí la ruta recomendada en el libro de escenarios de rodaje de The lord of the rings por Ian Brodie y descubrí lugares misteriosos, donde se mezclan los colores otoñales de los árboles caducifolios con el verde oscuro de las coníferas y la niebla envolviéndolo todo como un manto de seda blanco y deshilachado.

Tuve que conducir con suma precaución ya que, a ambos lados del camino sin pavimentar, cruzaba ganado que pastaba libremente. Habían cientos de ovejas merinas de rollizos pelajes aglutinadas en unos pocos metros y también muchos venados, creo que muflones o algo parecido, eso sí, todas hembras ya que carecían de la notable cornamenta característica de los machos territoriales. También se recortaba sobre el fondo de todo este fantástico escenario la silueta imaginaria del Monte Aspiring, con sus 3041 metros de altura, no pude verlo con total nitidez debido a la espesa niebla.

A mi llegada al backpackers de Wanaka descubrí que disponía de decenas de folletos informativos sobre excursiones  y postales con claras fotos de la mítica montaña. El tiempo fuera era penoso y estaba muy cansado para variar. Además a las cinco y media empezaba a anochecer.

DÍA 5

La noche anterior compartí un pequeño adosado de cuatro camas y un cuarto de baño. Los chavales eran majetes, al llegar me encontré con un rubio alto que parecía nórdico y estaba tocando la guitarra, me uní a él y acabé enseñándole algunas canciones y técnicas de escalas y arpegios, no es que sea un experto (ni mucho menos) pero el tío se quedó flipado. El resto de mis compañeros de noche eran un londinense y otro que parecía muy educado y formal aunque iba a su rollo y no hizo ademán de participar en nuestras conversaciones.

Volví a pasar una mala noche, mi espalda estaba dolorida y empezaba a acusar las carencias saludables de los colchones de goma espuma, el clima muy húmedo también hacía mella en las dolencias reumáticas de mis múltiples contusiones óseas. Amaneció lloviendo, para variar, pero decidí apresurarme para continuar con la ruta y mis visitas obligadas. Abandoné Wanaka con la misma atmósfera mística con la que lo descubrí, cambié de planes y conduje en dirección a Tarras ya que las vistas desde el Monte Cardrona en la estatal 89 serían nulas con tanta niebla y nubes bajas como estratos y nimbos. Tarras es un pequeño pueblo granjero situado al sur de la región de Lindis Pass. La carretera discurre muy cerca del río Clutha, se trata del río más caudaloso de Nueva Zelanda, es ligeramente más corto que el Waikato en la Isla Norte pero prácticamente dobla su caudal. Parece ser que el Clutha estaba cargado de oro y los antiguos colonizadores escoceses ya empezaron a dar buena cuenta del mismo, de hecho, Clutha proviene del nombre gaélico de Clyde, el gran río que cruza Escocia de sureste a noroeste, bañando el mismo corazón de Glasgow.

Por la zona de Tarras el clima comenzó a mejorar, al menos amainó la lluvia y las nubes cubrían tan sólo los picos de los montes cercanos, en especial los Alpes del Sur, a lo lejos detrás de los primeros. Tarras no se puede considerar como un pueblo siquiera (al menos en mi país), espero que no se ofendan los tarreses o como se llamen. Pero apenas son tres o cuatro casas al borde de la carretera, eso sí, con su gasolinera y su pequeña tienda para turistas. Continué hacia Cromwell por la 8ª y accedí al camino de tierra ‘Maori Point Road’ unos pocos kilómetros después. El camino era penoso y a ambos lados se extendían las cercas de fincas privadas. Pude observar el pequeño bosque de pinos que se utilizó en el rodaje de ‘Flight to the Ford’ en la película ‘El señor de los Anillos’.  La zona debía ser muy bonita con las montañas místicas de Rivendell (los Alpes del Sur) al fondo pero apenas se veía algo. De todos modos el bosque donde la bella elfa escapa con Frodo cabalgando velozmente, parece mucho más majestuoso y extenso en la película que en la realidad. El final del bosque en la persecución de los caballeros negros nos debería conducir al vado de Bruinen en los límites seguros de Rivendell y donde la fuerza de Elrond se deja notar cuando acaba con los jinetes oscuros. Sin embargo, esta localización se encuentra en la realidad lejos de allí, en la mágica ciudad de Arrowtown.

A pesar de la escasa visibilidad tomé algunas fotografías y abandoné el camino para retornar a la carretera 8 dirección Cromwell y desde allí continuar hacia… Arrowtown.

Poco antes de Arrowtown Junction, la calzada bordeaba el río Kawarau, el paisaje era hermoso y me recordaba a los primeros montes del pre-pirineo en la provincia de Huesca. Según me adentraba hacia las montañas el colorido otoñal era cada vez más asombroso, colores ocres, óxidos y arcillosos dominaban el paisaje. La vegetación había cambiado por completo respecto a las pasadas jornadas. Ahora se asemejaba más a los bellos paisajes de premontaña en otoño que podemos encontrar en nuestra península ibérica. El río discurría con fuerza, bravura y gran caudal por un cañón unos cincuenta metros más abajo. Antes de cruzarlo hice una parada obligada en el mítico puente, ahora cerrado al tráfico rodado, culto y admiración de los aficionados a los deportes de riesgo y aventura. Me refiero al famoso bungy jumping inventado por A.J. Hackett (conocido en nuestro país como puenting). Este personaje fue el primero que decidió experimentar la nueva sensación e instaló en este puente, por primera vez en el mundo, los artilugios para su práctica por cualquier mortal. Después de echar un vistazo más de cerca, me parecieron unas instalaciones bastante seguras y profesionales, tienen zonas y cuerdas específicas para cada tipo de aventurero en función de su peso corporal.  De cualquier modo y a pesar de toda la parafernalia en torno a la prevención de riesgos,  miré hacia abajo desde el puente y decidí intentarlo en otra ocasión, quizás en un par de años

Volví a la carretera y me desvié hacia Arrowtown y, entonces, descubrí su magia. Nada más acercarme a sus límites, comprendí la verdadera imagen del otoño, creo que en ninguna otra estación del año este pueblo y su entorno se mostrarían tan prodigiosos.

El río Arrow discurre entre la ciudad y la falda de los montes para internarse después  hacia el frondoso bosque. El primer vistazo a la falda de las montañas recuerda las típicas postales otoñales de multicolores pardos, marrones, amarillos y rojos violáceos realmente hermoso. Me interné caminando hacia el río por la vereda, hay ciertos senderos que permiten seguir cerca de la orilla internándose de vez en cuando en el bosque.  Me detuve un instante y mientras miraba al río desde un recodo, corriente arriba, me imaginaba los jinetes de la muerte encapuchados cabalgando hacia mí. Aquí fue donde se rodó ‘The Ford of Bruinen’, el poder de los jinetes de Elrond. Después caminé por uno de los senderos marcados desde Wilcox Green, testigo del rodaje de los ‘Gladden Fields’ cuya escena fue rodada en invierno y, por supuesto, todo estaba repleto de nieve. Isildur fue atacado por orcos y aquí perdió el anillo que después encontrarían los hobbits casualmente, Deagol (el primo de Smeagol).

La verdad es que estaba contento de encontrarme en la estación de otoño y poder pasear por este camino y su alucinante entorno. Su soledad, la calma, el único sonido de las pisadas sobre la tupida alfombra de hojarasca seca y recién caída. Las ramas de los árboles semipeladas se vencían hacia la senda y entrelazándose en lo alto de mi cabeza podía palpar el otoño, podía olerlo, el olor a hierba recién cortada, hojas muertas y húmedas, la melodía de esta estación es indescriptible. Desde lo alto de la vereda, unos dos kilómetro y medio de ascensión imparable, se aprecian unas vistas inmejorables del pueblo desplegado por la falda de las montañas.

Regresé dirección Queenstown y por fin llegué a la ciudad de la aventura por excelencia, la más famosa del mundo. Todas las calles tienen una gran animación y colorido de carteles de bares, cafés, restaurantes, tiendas. Pero, sobre todo, cada diez pasos encuentras un centro de algún tipo de aventura, actividad, deporte de riesgo, como quieras llamarlo,… Es una ciudad muy juvenil ya que su comercio es el deporte de aventura. Se puede encontrar desde los típicos rafting, bungy jumping, skydiving, paraskying, jet, tramping, biking, etc,  hasta aventuras para los más sofisticados como: vuelos en helicóptero o vuelo dirigido en una especie de misil colgado de un cable, … La ciudad además posee una gran belleza debido a la periferia donde está ubicada, se expande rodeando el lago Wakatipu y formando pequeñas penínsulas que se adentran en las aguas del mismo. El tiempo era algo malo, así que decidí visitar la ciudad a mi regreso del siguiente destino, continuaría el viaje hacia Te Anau y el parque nacional de los fiordos, el lugar más al sur de mi éxodo, desde allí debería retroceder y pasar, de nuevo, por Queenstown hacia la capital de la isla: Christchurch, meta de mi periplo.

Conduje hasta Te Anau y al anochecer me hospedé en el backpackers YHA, sin duda uno de los mejores hostales de mochileros que he visitado durante mi estancia en Nueva Zelanda. El viaje fue largo y pesado, unas dos horas (170kms.) pero la carretera está muy bien asfaltada y señalizada. Otro día más de misticismo, con lluvias suaves pero continuas y una tupida niebla cubriendo parte de los montes bajos y por completo los Alpes del sur, más alejados.

DÍA 6

Observé que había hecho una arriesgada elección con respecto al tiempo, ya que una visita a Milford Sound con lluvia y niebla arruinaría por completo el disfrute del viaje a través de los fiordos. Sin embargo, cuando me desperté temprano y me asomé a la ventana, no aprecié ninguna amenaza de lluvia.

El camino desde Te Anau a Milford Sound puede parecer interminable, aunque sólo son 120 Km., conlleva unas dos horas más o menos, contando alguna paradita para fotografiar los espectaculares escenarios. El primer tramo de la vía es muy bueno, con espacios abiertos, arcenes y largas rectas. La segunda mitad a partir del túnel Homer es bastante sinuosa aunque las vistas son inmejorables.  El paisaje es puramente alpino,  la carretera discurre por el valle excepto al atravesar la montaña en la parte más elevada del recorrido, allí hay que esperar un semáforo para acceder al túnel ya que posee un solo carril.

Milford Sound es un fiordo increíble, posee la belleza del paisaje alpino mezclado con las aguas tranquilas del Mar de Tasmania protegidas por los múltiples rincones, valles inundados y montañas que le ofrecen cobijo. El fiordo fue creado por la acción glaciar, cuando los glaciares retrocedieron y fue inundado por agua de mar. Gracias a la estrecha entrada y al alféizar poco profundo formado por el repliegue terminal del glaciar, Milford Sound está bien protegido de la acción erosiva y la fuerza del mar.

Tomé un pequeño crucero que recorría el fiordo hasta la salida al mar y desde allí regresaba bordeando la orilla contraria. Nos sorprendieron multitud de cascadas, algunas impresionantes, descargaban con fuerza todo su caudal con un ruido ensordecedor, otras se deslizaban lentamente desde las cumbres como delgadas hileras blancas hasta deshacerse en fina lluvia al llegar al lecho del fiordo.  También visité el observatorio marino sumergido, que consiste en una plataforma flotante por la que se puede descender hasta nueve metros bajo el nivel del mar. Allí existe un mirador circular con ventanas de un grueso cristal por las que se pueden observar las distintas formas de fauna y flora que se han ido incrustando en la base externa del gran cilindro sumido bajo el agua, con el paso de los años,  como si de un pecio se tratase.

Regresé al embarcadero pensando en la magnífica visita, el parque completo de los fiordos sólo tiene un pequeño y alado problema: los mosquitos o sandflies como aquí se les conoce, son realmente molestos y el efecto de sus picaduras puede llegar a sentirse durante varias semanas. Aunque los puedes encontrar en toda la isla, aquí son extremadamente amenazantes y voraces. De hecho, cuando navegamos de vuelta en una pequeña lancha desde el observatorio sumergido, cada vez que el patrón detenía la embarcación para disfrutar de algún elemento del paisaje, la barca se cubría literalmente por una nube de mosquitos, un par de mujeres que estaban en cubierta a popa, tuvieron que resguardarse en la cámara mientras daban manotazos a su alrededor (debían tener la sangre más dulce que los demás).

De regreso a Te Anau y con la niebla matutina ya dispersa, realicé varias paradas obligadas para capturar con mi cámara el sorprendente circo que me rodeaba con sus picos nevados y decenas de delgadísimas hileras de agua cristalina descendiendo por las paredes verticales del circo. Al otro lado, se podía observar una lengua de hielo que se arrastraba entre dos picos por un angosto valle que bien podría asemejarse a un pequeño glaciar. Continué el viaje hacia Queenstown, donde me alojé en el hostal YHA en una habitación individual, es de buena calidad pero algo caro. Por la noche me acerqué a la ciudad a por unas cervezas, estaba algo muerta aunque pregunté a la dependienta de la licorería y me dijo que aún era pronto, los jóvenes solían salir a partir de las doce o una de la madrugada.  Me encaminé al albergue y me tomé las cervezas en una de las salas de TV compartidas, allí coincidí con una pareja de madrileños que estaban conociendo el país. Se alegraron de que un español les saludara y me comentaron que estaban algo confusos debido al idioma, ya que el inglés en Nueva Zelanda es bastante complicado de entender, no les quité razón.

DÍA 7

Amaneció soleado, la mañana era deliciosa comparada con los días anteriores. Como diría el hombre del tiempo: ‘…alternancia de nubes y claros aunque más bien soleado’

Mi próxima cita sería en Glenorchy, así que me dirigí hacia allí disfrutando de un trayecto espectacular. La carretera discurría bordeando el lateral norte del lago Wakatipu. Me detuve en diferentes puntos del Twelve Mile Delta (el delta de las doce millas), y pocos kilómetros después de Closeburn te encuentras con un área de descanso y acampada amplio, tipo merendero, caminando me topé con uno de los riachuelos que desembocan en el lago dónde recordé a Sméagol jugando con el pez antes de pescarlo con sus garras para comérselo crudo. En la otra orilla del lago las montañas estaban en parte cubiertas por un estrecho cinto de nubes que dejaban al descubierto sus cimas y faldas.  Todo este entorno repleto de senderos que se pierden entre la maleza de arbustos, árboles de monte bajo, hierbas y flores silvestres es la representación de Ithilien, lugar donde se desarrolla la batalla entre los hombres de Harad  y los rangers de Gondor, con esos imponentes paquidermos tipo mamuts con torres en sus lomos preparados para la guerra.

Glenorchy está en el extremo contrario del lago desde Queenstown, teniendo en cuenta que Wakatipu tiene forma de boomerang con uno de los aspas doblado hacia afuera, ambas villas se situarían en los puntos más distantes.  Es un pueblecito muy bello por el entorno que le rodea de montañas semi-nevadas y bosques de pinos y abetos.

Continué por un camino señalado como Paradise, después de conducir un par de kilómetros comprendí el porqué del sobrenombre. Conocí los lugares desde donde Gandalf voló hacia Isengard.

De vuelta hacia Queenstown, por el mismo lateral del lago, tomé la carretera 6A hacia los Remarkables, una impresionante cordillera nevada que vigila impasible la angosta entrada al lago custodiada por las dos penínsulas que forman el área de Queenstown.  Intenté visitar Deer Park Heights, a unos veinte minutos de la ciudad de la aventura. Se trata de una colina cónica de unos 800 metros de altitud, en cuyo sumum se haya enclavado un plató de cine con varios caminos marcados que revelan lugares famosos y vistas panorámicas. Desde este lugar se rodaron numerosos anuncios/spots de las tres películas, además se divisan gran variedad de lugares de escenas.  De todos modos la entrada a la colina está vallada y debes pagar 20$NZ tan sólo por acceder en coche  al tramo final de unos 4 Km. Sinceramente, no me apetecía subvencionar tal timo ni tan poco recorrer con la mochila esos cuatro Km. de ascensión. Di media vuelta a mi Ford alquilado y me dirigí hacia Coronel Peak, un pico de 1651m. que forma un triángulo con Queenstown y Arrowtown y al que llega la carretera asfaltada más alta de Nueva Zelanda. Desde la cima se podía observar un paisaje de fábula, la representación de los pilares de Argonath y los Remarkables a lo lejos. Mientras descendía volví a realizar una parada para observar de nuevo, y por última vez, el precioso pueblo de Arrowtown en la falda de los montes. El resto del valle te dejaba sin aliento, los sentidos no abarcaban para procesar tanta belleza. Continué por la carretera general 6 dirección Cromwell, crucé una vez más cerca del famoso puente del bungy jumping de Hackett y me adentré en un pequeño camino que ascendía por la colina contraria dirección a un viñedo muy conocido, Chard Farm Vinage. Tan sólo remonté con el vehículo un par de kilómetros para realizar una buena toma, con mi cámara digital, del cañón del río Kawarau, que con un verde esmeralda destacaba de entre las rocas pardas y grises. Pude imaginar los Pilares del Rey a ambos lados del cauce del río.

Mi camino continuó por la 8B hacia el pueblecito de Tarras y de ahí dirección Lindis Pass. Si esta isla me había sorprendido por sus contrastes, aún me faltaba por ver este condado. Dejando atrás Central Otago y adentrándome en el  país de MacKenzie, gran parte de la zona de Lindis Pass sorprende por su extrema aridez, se trata de una zona volcánica que recuerda una mezcla entre los aledaños lunares del Parque Nacional del Teide y las interminables e inhóspitas carreteras del desierto de Nevada. Montes viejos erosionados por el fuerte viento y las duras condiciones climáticas de la zona, especialmente en invierno, frío seco intenso, no existe vegetación reseñable, tan sólo algunos matorrales y ninguna señal de vida, ni casas, ni ganado, ni tendido eléctrico, ni siquiera una pequeña estación meteorológica, nada en absoluto, tan sólo el asfalto de la carretera. Llegué a Twizel, un pequeño pueblo que se utilizó como base para el rodaje de la gran batalla en los campos de Pelennor, la zona me recordaba a las escenas aunque el lugar exacto donde se rodaron es una propiedad privada y sólo se puede acceder concertando una visita guiada. No tenía tiempo ni dinero, así que continué por las eternas rectas asfaltadas. A mi lado izquierdo podía observar la cordillera nevada de los Alpes del Sur y la silueta omnipresente del Monte Cook al final. Hice un alto en mitad de la vasta planicie escoltado a un lado, muy a lo lejos, por los Alpes y al otro por los montes pardos que separan el país de MacKenzie de Central Otago.  Observé con paz infinita la puesta de sol, ocultándose el astro rey por la cordillera nevada de las ‘montañas místicas’. En seguida me acechó el viento polar de las cumbres y me produjo tal escalofrío que me apresuré para llegar a mi morada de reposo, en el lago Tekapo (curioso nombre), otro lugar paradisíaco donde pasaría la noche en el backpackers YHA. El salón del albergue era amplio y confortable, destacaba la gran chimenea que le ofrecía un ambiente cálido y familiar. Pero, sobre todo, lo mejor eran sus grandes ventanales enfrentados a las aguas dormidas del lago y, muy en el horizonte, aún se podía distinguir la silueta nevada, ahora púrpura, del monte Cook al anochecer.

DÍA 8, FINAL DEL VIAJE

En mi opinión, este último día de estancia en la Isla Sur, fue uno de los más increíbles. El albergue YHA de lago Tekapo y los servicios que ofrecía en general no se correspondían a la categoría de 3 estrellas superior que tenía asignada, aunque imagino que podría considerarse como un hotel con encanto por el mágico entorno en el cual se ubicaba. Al menos tuve suerte y coincidí con un día poco masificado, con lo que dormí sólo en una habitación de cuatro camas. Había que dejar libre la habitación y las salas del albergue (cocinas, baños, salón,..) antes de las 9:30 como muy tarde para que pudieran limpiar todo, normas de la casa. El día no acompañó y amaneció bastante nublado con lo que no pude ver el azul turquesa peculiar de las aguas del lago. Este increíble color es originado por polvo de roca del glaciar que desemboca en su lecho y se mantiene en suspensión en la superficie reflejando parte de la luz solar y dando ese color similar con cielo claro.

Me encaminé por una pequeña carretera que rodeaba por detrás la loma que cobija parte del lago y en cuya cima existe instalado un observatorio de la Universidad de Canterbury, por lo visto el cielo en la zona del lago es uno de los más claros y limpios de Nueva Zelanda.

Continué conduciendo hasta disponer de unas panorámicas vistas de la pequeña villa y el lago al otro extremo de la loma. Por el camino tuve que esquivar a un gracioso erizo que cruzaba perezosamente la calzada. Progresé un poco más hasta alcanzar una zona con dos lagos bastante más pequeños que el Tekapo aunque no menos hermosos. Las aguas de dichos lagos comparten los mismos riachuelos que descienden de los picos nevados. El más grande y curioso de ellos es el Alexandria y se haya rodeado de una zona forestal protegida. Nada más bajar del coche para echar un vistazo a la zona, me ví sorprendido por un par de conejos lanudos (tipo Tambor) que corrían despavoridos buscando refugio ante mi intromisión. Había multitud de patos silvestres y otras especies coloridas de ánades.

Regresé hacia el pueblo del lago Tekapo y me detuve unos instantes a visitar la pequeña ermita conocida como ‘Iglesia del buen Pastor. Se encuentra al borde mismo del lago y fue construida en el año 1935 completamente de piedra. Lo más asombroso es que el púlpito se encuentra dirigido hacia unas vistas increíbles del lago y del Monte Cook, celestial, ¿no?

Dejé el pueblo y tomé de nuevo la ocho para dirigirme hacia Methven, mi próxima visita sería en el valle de Rangitata más conocido como Erewhon. Allí se rodó gran parte de El Señor de los Anillos, especialmente porque era la sede de la región de Rohas, la mítica ciudad del reino de Edoras. El día era nublado, para variar, y llegando al Monte Somers comenzó a llover. Me encontraba a mitad de camino así que, a pesar de todo, decidí continuar. En el cruce de la 72 con Mt.Somers tomé el camino hacia el lago Clearwater (recibe su nombre por la pureza de su agua), poco antes de llegar a los pueblecitos de Lago Camp y Clearwater la carretera pierde su pavimento asfaltado y pasado el último lago empieza a ser más adecuada para una prueba puntuable del campeonato mundial de Rallies. En fin, continué con mi pobre Ford alquilado unos 15 o 20 kilómetros sin poder pasar de los 50km/h y al final de alcanzar la cima de una pequeña pendiente las vistas me dejaron boquiabierto, era un valle increíblemente amplio, hasta donde alcanzaba la vista se veían decenas de hileras de ríos atravesando la llanura bordeados por impresionantes montañas semi-heladas, semi-nevadas al fondo. Otros montes rocosos se veían en el valle, dispersos y, en el medio, como un islote majestuoso flotando en el Mare Tranquilitae, emergía uno muy especial, el Monte Sunday, el cobijo de la ciudad de Edoras.

Comencé a descender hacia el valle de Rangitata con mi auto por el camino de cabras, la visión se fue abriendo grandiosamente y pude descubrir el origen de los riachuelos: todo el agua provenía de un inmenso glaciar que terminaba en una gran pared rocosa por la que descendían blancas lenguas de agua helada, aunque esto lo podía deducir sin observarlo nítidamente ya que la montaña, la gran pared de roca, estaba lejísimos, a más de diez kilómetros y se veía sublime, como si fuese pintada en el fondo de un decorado con bandas claras transversales. Continué por el camino y me di cuenta de que el sol brillaba con fuerza, había algunas nubes en el cielo pero el valle estaba iluminado y los rayos solares se reflejaban en las aguas de los ríos, ofreciendo un tintineo de luces como si de estrellas se trataran.  El sendero discurría gran parte paralelo a un cañón por el cual otro río más grande, El Potts river, descendía para reunirse en el valle con sus compañeros más pequeños. No sabía hacia donde dirigir la vista ante tanta belleza. En pocos metros el camino se volvió extremadamente duro, incluso pequeños arroyos lo cruzaban, tuve que emplearme a fondo en la conducción y al final alcancé el lugar más cercano desde el cual se divisaba el Mt.Sunday en el valle de Rangitata, con suave loma de tapiz pardo en su base y de roca escarpada en su cima. A mi espalda se encontraba un monte no menos espectacular, Mt.Potts. No sé porqué razón pero la vista del grandioso valle me recordó a algún pasaje bíblico, quizás Moisés abriéndose pasó por el Mar Rojo…

Con esta triunfante visita quedé satisfecho por el resto de la jornada y me dirigí sonriente hacia mi destino final, sin ninguna otra parada:

hacia la ciudad kiwi con más sabor británico … Christchurch.

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